Segunda parte - La tierra de leyenda.
Todo el cansancio acumulado en mí durante el viaje se disipó nada más pisar tierra, como si ésta tuviese algún poder curativo. Sin duda fuimos recibidas por magia, materializada en un paisaje totalmente paradisiaco con una densidad de palmeras digna de la selva tropical. Más tarde supe que Cuba, además de una extendida práctica de vudú, tiene una desarrollada política de conservación del hábitat natural y que, desde el gobierno, se conciencia a la población del respeto a la naturaleza. De hecho, hay muchos parques naturales integrados en las ciudades o, más bien, numerosas ciudades integradas en los parques naturales, incluida La Habana. Este afán por el ecologismo choca enormemente con la polución que provoca el petróleo de mala calidad (sin refinar, supongo) que importan de Venezuela. Es el olor más característico de La Habana, “el perfume de la capital” como lo llamaban algunos, porque se pega en la piel y no te abandona hasta que sales de la ciudad. Curiosamente, es un olor que amé durante toda mi estancia, no por ser agradable (porque no lo era) sino porque, al llevarlo a modo de perfume, llegué a confundir mi olor con el de La Habana, y me gustaba esa sensación de conexión.
Lo primero que me llamó la atención es el orden que se mantiene dentro del caos. El primer consejo
que te dan al llegar es que no hay que fiarse de nadie. Es sospechoso que te lo
diga absolutamente todo el mundo porque eso solo puede significar dos cosas: que
todos son fiables y muy paranoicos o bien que verdaderamente nadie es de fiar,
ni siquiera la persona que te está aconsejando. Nos pasó por ejemplo que un taxista pirata (pirata en el sentido de ilegal, no pirata de loro en hombro
y parche en el ojo) nos dijo que siempre cogiésemos taxis oficiales. En
el fondo la gente era muy decente, siempre que ellos se llevaran unos cuantos
pesos a cambio de la decencia. Está claro también que la policía sabe de la existencia de la ilegalidad
de taxis, negocios, etc., pero se hace la vista gorda. La despreocupación
cubana no es un tópico sin fundamento. La vida allí es mucho más relajada que
en cualquier otro lugar del mundo (quizá por eso de que están en otro espacio-tiempo)
pero todo tiene un orden establecido, que no se disturba por comodidad de todos.
La ley y el crimen coexisten de una forma que aquí se consideraría corrupta,
pero allí se considera cotidiana. Hay un respeto consensuado entre lo gubernamental
(lo legal) y lo privado (lo ilegal) que conviene a todos por el fluido económico y la preservación del estado armonioso.
En las calles de La Habana se congregan miles de personas sin motivo aparente. No parecen ir a un lugar concreto… se sientan en la parada del bus, viendo pasar varias guaguas, hasta que se aburren y se suben en una para cambiar de parada en la que contemplar un nuevo panorama. Pero La Habana no es una ciudad congelada en el tiempo como se suele decir. Al contrario, es una ciudad usada y desgastada… muy desgastada. El deterioro del tiempo se refleja en las maravillosas casas destartaladas en calles con calzadas agrietadas, pero se conserva la belleza colonial y la espectacularidad de la época en la que la ciudad estaba dominada por la mafia, cuando era el casino y prostíbulo de Estados Unidos.
La variedad de la comida, sin embargo, si se ha quedado congelada en el tiempo. En parte porque, desde el periodo especial en los años 90 (tras la caída de la Unión Soviética y, por tanto, de su apoyo económico) reciben los mismos escasos productos en la cartilla de racionamiento. La comida consiste en un plato combinado de arroz, ensalada criolla, cerdo y patatas cocidas (de las que hay centenas de variedades, cada cual más sabrosa). Alguna vez puedes encontrar pollo, pescado banco, tostones (plátano macho frito), frijoles y carne de ternera en forma de ropa vieja (aunque esto solo en restaurantes oficiales, ya que la carne de res está monopolizada por el Estado). De postre, arroz con leche (el arroz es la base alimenticia). Eso sí, los dulces cubanos son una absoluta delicia. Los venden por las calles en puestecitos-carretas ambulantes a precios muy, muy asequibles y en pastelerías que abren hasta la madrugada, también bastante baratas. También hay mercados agrícolas en los que se puede comprar fruta de una calidad excepcional a precios escandalosamente baratos.
Los mercados, mercadillos, paladares, y los negocios caseros dedicados a la venta de productos de primera necesidad son la primera apertura que vivió el país a un sistema de libre mercado, aunque, realmente, su legalización se hizo primordialmente para acabar con la economía sumergida y llenar las arcas del gobierno gracias a un nuevo impuesto especial a los cuentapropistas (los que trabajan por cuenta propia, los autónomos). El primer vestigio de capitalismo en el paraíso socialista.
Pero el capitalismo todavía es una idea lejana en la isla, como se puede percibir por el vacío que causa la
ausencia de publicidad. En nuestro mundo tenemos la publicidad tan asumida que
ni siquiera nos damos cuenta de la ENORME presencia que tiene en nuestra vida diaria. El vacío de la falta de anuncios, sin embargo, es rellenado con propaganda gubernamental: numerosas consignas
socialistas y la exaltación de personajes célebres como José Martí y comunistas
“modelo” como Lenin, el Che Guevara o Camilo Cienfuegos. Por supuesto, los
hermanos Castro no cometen el error de utilizarse a sí mismos como figuras
emblema de la Revolución, porque fue una revolución del pueblo. Se podría decir que tienen superado el complejo stalinista.
Cuba no tienen los beneficios del capitalismo - aunque una gran mayoría de la población del mundo capitalista tampoco tiene dichos beneficios - y, sin embargo, tienen un Estado de Bienestar bastante sólido:
educación, sanidad (aunque dicen que es bastante corrupta), televisión pública
de calidad, se promueve mucho la cultura… La gente, el pueblo, aprecia esas
cosas, que considera que son aportes de la Revolución y, al menos la gente
joven, no está en contra del régimen. Claro que no saben lo que es democracia, ni
siquiera entienden muy bien el concepto. La prensa allí es prácticamente
inexistente, sin contar con unos periódicos gubernamentales diarios (el Granma y Juventud Rebelde) de 15 páginas en las que se leen noticias
culturales varias, y noticias que destacan los problemas de Estados Unidos y ensalzan
Cuba y sus personajes emblemáticos.
Como souvenir me llevé, por supuesto, unos cuantos diarios, además
de una revista llamada Mujeres que, siendo fiel al título, era una revista por
y para mujeres (bastante curiosa). Me quedé con las ganas de llevarme un
trocito más grande de Cuba… el olor a petróleo barato que llegué considerar mi
perfume, por ejemplo, pero tenía ganas de volver a la intimidad de mi hogar y
mi tecnología (que no es íntima pero sí muy útil) y de salir a la calle y notar
el estrés salpicando por los poros de la gente, y sentirme en casa.
Cuando Cuba se ajuste más a mi espacio-tiempo viviré allí,
en una casa cerca del malecón, para respirar el salitre del Atlántico, que es
uno de los placeres terrenales que más disfruto. Eso sí, cuando vaya la próxima
vez, no pasaré por Moscú.
Dedicado a Andrea Martínez, compañera de aventuras y asesina de mosquitos.
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