Primera parte - Un viaje en el tiempo.
Hace unos cuantos años oí por primera vez hablar de una tierra de leyenda. Una tierra lejana, paradisiaca, que había sido joya del imperio en el que nunca se ponía el sol. Una tierra conquistada y explotada primero por los españoles, luego por los americanos y, posteriormente, por el comunismo. Una tierra que, según decían, había experimentado una separación de nuestro mundo con la expulsión del capitalismo y se había quedado paralizada en el tiempo, creando así un espacio-tiempo diferente en nuestro propio planeta.
Durante años me dediqué a leer sobre esta tierra y a
empaparme todo lo que podía de su cultura. Construí también una base sólida de ideales
políticos gracias a la emocionante historia de la Revolución, que aprendí a
través de las canciones de Silvio Rodríguez. Mi pasión por esta tierra iba
creciendo a la vez que la pila de libros con portadas con fotos de hombres barbudos sobre mi mesilla de noche. Deseé y me prometí que alguna vez iría a aquella tierra de
leyenda y Revolución y, cuando por fin encontré a una persona que se uniese a
mi tripulación (o quizá yo me unía a la suya), comencé a organizar el viaje.
Al
fin, en marzo de este año, tras años de espera, partimos a esa tierra de
leyendas. (No es fácil organizar un viaje en el tiempo, sobre todo por el
trabajo ahorrativo que supone).
Al principio teníamos la idea de que, al estar en otro
espacio-tiempo, tendríamos que ir en una cabina al más puro estilo Dr. Who
pero, por lo visto, hay compañías que ofrecen especialmente viajes de esa
naturaleza. Viajar en el tiempo es muy similar a ir en avión: usan el mismo
aire enlatado para helar el ambiente; cuesta lo mismo encontrar una postura
cómoda en la que quedarse dormido, evitando que se te quede dormido algún miembro por separado; se come la misma comida insípida, y toda la
cabina huele al mismo café barato. Por otro lado, también hay pelis (por pensar en algo positivo).
Después de trece horas dentro de la máquina del tiempo, y
después de haber esperado más de seis horas en el aeropuerto de Moscú, empecé a
perder totalmente la noción del tiempo, del espacio y de mí misma. Entré en una
especie de estado onírico… o me empecé a convertir en muerto viviente, no lo sé…
perdí el hambre, casi la consciencia y me cansé de dormir, de hablar, de leer...
solo quería salir de ahí. Creo que es parte de la idea de los viajes en el
tiempo: al perder la noción del tiempo internamente, se hace más fácil perderla
externamente. La gente a la que se le ocurrió esta idea es realmente
inteligente, experta en metafísica, y psicopática.
Cuando llegamos parecía imposible que aquel sitio estuviera
en el mismo planeta del que veníamos o, al menos, en el mismo planeta que
Rusia. Habíamos pasado de una tierra fría y dominada por la mala hostia a la
cálida tierra de la amabilidad y el buen humor. Me entró la duda de si el clima
hace a su gente o la gente hace al clima. Un lituano que estaba en el aeropuerto
debió leerme la mente porque me contó que un pueblo de Rusia (que es más grande
que Barcelona) tiene una temperatura estable alrededor de los 23 grados durante
todo el año, un microclima en medio de un desierto de nieve. Por lo visto la
gente de ese pueblo es excepcionalmente amable, lo que demostraba que, efectivamente,
es la gente la que hace el clima. Le dije que entonces alguien debía correr la
voz en el resto de Rusia por el bien del mundo y de los propios rusos, que
ahorrarían mucho en calefacción, pero me dijo que al gobierno no le convenía
por asuntos de seguridad nacional (la excusa de siempre) y la ONU creía que
aceleraría el calentamiento global, por lo que todo se queda en un secreto
conocido por pocos (siéntete afortunado).
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