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viernes, 26 de julio de 2013

Gira Privateering: Mark Knopfler, la gloria reinventada.

En un panorama musical en el que los 'mitos' viven de sus éxitos pasados, Mark Knopfler consigue reinventarse sin abandonar sus raíces.


Este verano suena a nostalgia de mitos del rock: los Rolling Stones se han puesto de nuevo sus pitillos de cuero para celebrar los 50 años del grupo y presentar su último álbum, GRRR!, en la mayor gira que han realizado desde hace más de un lustro; Rodríguez lleva a cabo su primer tour mundial tras el éxito del documental Searching for Sugar Man, que le rescató del olvido;  Fleetwood Mac se reúne en una gira por todo el mundo; Eric Clapton presenta su nuevo disco Old Sock; Paul McCartney propaga la ‘maccamania’ por América con su tour Out There; el gran Roger Waters continúa con The Wall Live por Europa, y Bob Dylan sigue embarcado en su eterna gira mundial. Es la oportunidad perfecta para que la gente joven que no ha podido ver a estas glorias en sus épocas de melena al viento pueda disfrutar cantando las canciones clásicas, y sus fans contemporáneos puedan regresar a la juventud por unas horas. Pero, aunque disfrutar de los temas ‘de siempre’ sea algo muy satisfactorio para los fans, es una pena que músicos que fueron tan innovadores en su tiempo estén estancados en los temas de hace más de veinte años y sus discos (como Old Sock de Eric Clapton o GRRR! de los Stones) sean una recopilación de canciones clásicas con solo un par de temas inéditos.


Gracias a Apolo, en medio del desierto de la no-innovación del ‘Valle de los Reyes del Rock’ se encuentra un refrescante oasis de originalidad: Mark Knopfler. El guitarrista (que se consagró en el mundo del rock como compositor y guitarrista gracias a Dire Straits - la que fue su banda durante dieciocho años - y siguió creciendo como mito gracias a su carrera en solitario con discos tan aclamados como Sailing to Philadelphia y bandas sonoras impresionantes como La princesa prometida o Local Hero) estrenó ayer en Barcelona la rama española de su gira y presentación de su séptimo álbum de estudio en solitario: Privateering.


Privateering es un álbum doble impecable que muestra, como es común en su producción en solitario, un acercamiento a la música popular y una profundidad lírica asombrosa. Su ejecución en el concierto estuvo a la altura de las versiones de estudio, e incluso pudo superarlas, como en el caso de Gator Blood, algo también muy común en Mark Knopfler desde los Dire Straits.


Aunque su último disco fue el protagonista de la velada, también interpretó algunos clásicos para sus fans. De hecho, abrió con What it is? e intercaló algún éxito de los Straits como Romeo and Juliet, Telegraph Road y So Far Away (este último en el bis) y acabó con Local Hero tras una gran ovación del público que pedía “Sultans”... pero nos quedamos con las ganas.


El concierto fue una síntesis de su producción musical: además de rock, sonó blues, folk, country, ritmos célticos, e incluso latinos (Postcards from Paraguay) tocados, por supuesto con una precisión y perfección espontánea. Y con una guitarra (o dos) diferentes para cada tema.
El perfeccionismo, la profundidad, el sentimiento y la armonía son las características principales de la obra y la persona de Mark Knopfler, en mi opinión, y lo que hace que destaque frente a otros grandes guitarristas y compositores. De hecho, la primera vez que vi a Mark Knopfler, en su gira del 2012, hacía de telonero de Bob Dylan, y consiguió eclipsar al cantautor americano apoteósicamente. (Me ahorro hacer la comparación entre ambas voces, porque sería muy injusto para Dylan).

En definitiva, en un panorama musical en el que las viejas glorias viven de sus éxitos pasados, Mark Knopfler consigue reinventarse sin abandonar sus raíces y mostrando la calidad de siempre.





Mark Knopfler en medio de un solo



¡Ah, también estaba Guy Fletcher, maestro teclista! (Aquí tocando la guitarra)

sábado, 20 de julio de 2013

Cuba

Segunda parte - La tierra de leyenda.


Todo el cansancio acumulado en mí durante el viaje se disipó nada más pisar tierra, como si ésta tuviese algún poder curativo. Sin duda fuimos recibidas por magia, materializada en un paisaje totalmente paradisiaco con una densidad de palmeras digna de la selva tropical. Más tarde supe que Cuba, además de una extendida práctica de vudú, tiene una desarrollada política de conservación del hábitat natural y que, desde el gobierno, se conciencia a la población del respeto a la naturaleza. De hecho, hay muchos parques naturales integrados en las ciudades o, más bien, numerosas ciudades integradas en los parques naturales, incluida La Habana. Este afán por el ecologismo choca enormemente con la polución que provoca el petróleo de mala calidad (sin refinar, supongo) que importan de Venezuela. Es el olor más característico de La Habana, “el perfume de la capital” como lo llamaban algunos, porque se pega en la piel y no te abandona hasta que sales de la ciudad. Curiosamente, es un olor que amé durante toda mi estancia, no por ser agradable (porque no lo era) sino porque, al llevarlo a modo de perfume, llegué a confundir mi olor con el de La Habana, y me gustaba esa sensación de conexión.

Lo primero que me llamó la atención es el orden que se mantiene dentro del caos. El primer consejo que te dan al llegar es que no hay que fiarse de nadie. Es sospechoso que te lo diga absolutamente todo el mundo porque eso solo puede significar dos cosas: que todos son fiables y muy paranoicos o bien que verdaderamente nadie es de fiar, ni siquiera la persona que te está aconsejando. Nos pasó por ejemplo que un taxista pirata (pirata en el sentido de ilegal, no pirata de loro en hombro y parche en el ojo) nos dijo que siempre cogiésemos taxis oficiales. En el fondo la gente era muy decente, siempre que ellos se llevaran unos cuantos pesos a cambio de la decencia. Está claro también que la policía sabe de la existencia de la ilegalidad de taxis, negocios, etc., pero se hace la vista gorda. La despreocupación cubana no es un tópico sin fundamento. La vida allí es mucho más relajada que en cualquier otro lugar del mundo (quizá por eso de que están en otro espacio-tiempo) pero todo tiene un orden establecido, que no se disturba por comodidad de todos. La ley y el crimen coexisten de una forma que aquí se consideraría corrupta, pero allí se considera cotidiana. Hay un respeto consensuado entre lo gubernamental (lo legal) y lo privado (lo ilegal) que conviene a todos por el fluido económico y la preservación del estado armonioso.

En las calles de La Habana se congregan miles de personas sin motivo aparente. No parecen ir a un lugar concreto… se sientan en la parada del bus, viendo pasar varias guaguas, hasta que se aburren y se suben en una para cambiar de parada en la que contemplar un nuevo panorama. Pero La Habana no es una ciudad congelada en el tiempo como se suele decir. Al contrario, es una ciudad usada y desgastada… muy desgastada. El deterioro del tiempo se refleja en las maravillosas casas destartaladas en calles con calzadas agrietadas, pero se conserva la belleza colonial y la espectacularidad de la época en la que la ciudad estaba dominada por la mafia, cuando era el casino y prostíbulo de Estados Unidos.

La variedad de la comida, sin embargo, si se ha quedado congelada en el tiempo. En parte porque, desde el periodo especial en los años 90 (tras la caída de la Unión Soviética y, por tanto, de su apoyo económico) reciben los mismos escasos productos en la cartilla de racionamiento. La comida consiste en un plato combinado de arroz, ensalada criolla, cerdo y patatas cocidas (de las que hay centenas de variedades, cada cual más sabrosa). Alguna vez puedes encontrar pollo, pescado banco, tostones (plátano macho frito), frijoles y carne de ternera en forma de ropa vieja (aunque esto solo en restaurantes oficiales, ya que la carne de res está monopolizada por el Estado). De postre, arroz con leche (el arroz es la base alimenticia). Eso sí, los dulces cubanos son una absoluta delicia. Los venden por las calles en puestecitos-carretas ambulantes a precios muy, muy asequibles y en pastelerías que abren hasta la madrugada, también bastante baratas. También hay mercados agrícolas en los que se puede comprar fruta de una calidad excepcional a precios escandalosamente baratos.

Los mercados, mercadillos, paladares, y los negocios caseros dedicados a la venta de productos de primera necesidad son la primera apertura que vivió el país a un sistema de libre mercado, aunque, realmente, su legalización se hizo primordialmente para acabar con la economía sumergida y llenar las arcas del gobierno gracias a un nuevo impuesto especial a los cuentapropistas (los que trabajan por cuenta propia, los autónomos). El primer vestigio de capitalismo en el paraíso socialista.

Pero el capitalismo todavía es una idea lejana en la isla, como se puede percibir por el vacío que causa la ausencia de publicidad. En nuestro mundo tenemos la publicidad tan asumida que ni siquiera nos damos cuenta de la ENORME presencia que tiene en nuestra vida diaria. El vacío de la falta de anuncios, sin embargo, es rellenado con propaganda gubernamental: numerosas consignas socialistas y la exaltación de personajes célebres como José Martí y comunistas “modelo” como Lenin, el Che Guevara o Camilo Cienfuegos. Por supuesto, los hermanos Castro no cometen el error de utilizarse a sí mismos como figuras emblema de la Revolución, porque fue una revolución del pueblo. Se podría decir que tienen superado el complejo stalinista.

Cuba no tienen los beneficios del capitalismo - aunque una gran mayoría de la población del mundo capitalista tampoco tiene dichos beneficios - y, sin embargo, tienen un Estado de Bienestar bastante sólido: educación, sanidad (aunque dicen que es bastante corrupta), televisión pública de calidad, se promueve mucho la cultura… La gente, el pueblo, aprecia esas cosas, que considera que son aportes de la Revolución y, al menos la gente joven, no está en contra del régimen. Claro que no saben lo que es democracia, ni siquiera entienden muy bien el concepto. La prensa allí es prácticamente inexistente, sin contar con unos periódicos gubernamentales diarios (el Granma y Juventud Rebelde) de 15 páginas en las que se leen noticias culturales varias, y noticias que destacan los problemas de Estados Unidos y ensalzan Cuba y sus personajes emblemáticos.

Como souvenir me llevé, por supuesto, unos cuantos diarios, además de una revista llamada Mujeres que, siendo fiel al título, era una revista por y para mujeres (bastante curiosa). Me quedé con las ganas de llevarme un trocito más grande de Cuba… el olor a petróleo barato que llegué considerar mi perfume, por ejemplo, pero tenía ganas de volver a la intimidad de mi hogar y mi tecnología (que no es íntima pero sí muy útil) y de salir a la calle y notar el estrés salpicando por los poros de la gente, y sentirme en casa.


Cuando Cuba se ajuste más a mi espacio-tiempo viviré allí, en una casa cerca del malecón, para respirar el salitre del Atlántico, que es uno de los placeres terrenales que más disfruto. Eso sí, cuando vaya la próxima vez, no pasaré por Moscú. 

Dedicado a Andrea Martínez, compañera de aventuras y asesina de mosquitos.

viernes, 19 de julio de 2013

Cuba

Primera parte - Un viaje en el tiempo.


Hace unos cuantos años oí por primera vez hablar de una tierra de leyenda. Una tierra lejana, paradisiaca, que había sido joya del imperio en el que nunca se ponía el sol. Una tierra conquistada y explotada primero por los españoles, luego por los americanos y, posteriormente, por el comunismo. Una tierra que, según decían, había experimentado una separación de nuestro mundo con la expulsión del capitalismo y se había quedado paralizada en el tiempo, creando así un espacio-tiempo diferente en nuestro propio planeta.

Durante años me dediqué a leer sobre esta tierra y a empaparme todo lo que podía de su cultura. Construí también una base sólida de ideales políticos gracias a la emocionante historia de la Revolución, que aprendí a través de las canciones de Silvio Rodríguez. Mi pasión por esta tierra iba creciendo a la vez que la pila de libros con portadas con fotos de hombres barbudos sobre mi mesilla de noche. Deseé y me prometí que alguna vez iría a aquella tierra de leyenda y Revolución y, cuando por fin encontré a una persona que se uniese a mi tripulación (o quizá yo me unía a la suya), comencé a organizar el viaje.
Al fin, en marzo de este año, tras años de espera, partimos a esa tierra de leyendas. (No es fácil organizar un viaje en el tiempo, sobre todo por el trabajo ahorrativo que supone).

Al principio teníamos la idea de que, al estar en otro espacio-tiempo, tendríamos que ir en una cabina al más puro estilo Dr. Who pero, por lo visto, hay compañías que ofrecen especialmente viajes de esa naturaleza. Viajar en el tiempo es muy similar a ir en avión: usan el mismo aire enlatado para helar el ambiente; cuesta lo mismo encontrar una postura cómoda en la que quedarse dormido, evitando que se te quede dormido algún miembro por separado; se come la misma comida insípida, y toda la cabina huele al mismo café barato.  Por otro lado, también hay pelis (por pensar en algo positivo).
Después de trece horas dentro de la máquina del tiempo, y después de haber esperado más de seis horas en el aeropuerto de Moscú, empecé a perder totalmente la noción del tiempo, del espacio y de mí misma. Entré en una especie de estado onírico… o me empecé a convertir en muerto viviente, no lo sé… perdí el hambre, casi la consciencia y me cansé de dormir, de hablar, de leer... solo quería salir de ahí. Creo que es parte de la idea de los viajes en el tiempo: al perder la noción del tiempo internamente, se hace más fácil perderla externamente. La gente a la que se le ocurrió esta idea es realmente inteligente, experta en metafísica, y psicopática.


Cuando llegamos parecía imposible que aquel sitio estuviera en el mismo planeta del que veníamos o, al menos, en el mismo planeta que Rusia. Habíamos pasado de una tierra fría y dominada por la mala hostia a la cálida tierra de la amabilidad y el buen humor. Me entró la duda de si el clima hace a su gente o la gente hace al clima. Un lituano que estaba en el aeropuerto debió leerme la mente porque me contó que un pueblo de Rusia (que es más grande que Barcelona) tiene una temperatura estable alrededor de los 23 grados durante todo el año, un microclima en medio de un desierto de nieve. Por lo visto la gente de ese pueblo es excepcionalmente amable, lo que demostraba que, efectivamente, es la gente la que hace el clima. Le dije que entonces alguien debía correr la voz en el resto de Rusia por el bien del mundo y de los propios rusos, que ahorrarían mucho en calefacción, pero me dijo que al gobierno no le convenía por asuntos de seguridad nacional (la excusa de siempre) y la ONU creía que aceleraría el calentamiento global, por lo que todo se queda en un secreto conocido por pocos (siéntete afortunado).